La grieta

Diario de Ibrahim 3

Día 232: Mi teoría resultó ser cierta y demostré, luego de mi vida haber corrido peligro, que la torre albarrana que encontramos en la estepa, y en la que nos refugiamos de una tormenta de nieve, pertenece a la antigua ciudad élfica de al-Myj’drannor. En medio de nuestras pesquisas un guardián protegido por un encantamiento que lo ocultaba de nuestra vista no nos permitió continuar. Cuando nos disponíamos a dormir en nuestra guarida en la planta de la torre, nos sorprendió la reaparición de Mitri, la muchacha devota a un ídolo de la región que llaman Selune, y que pronto estuvo de una muerte a manos de hobgoblins, de no ser porque escapó (grande es la misericordia de al-Qadar, incluso con los infieles).

Mientras nos acomodábamos, un mecanismo sonó bajo el suelo y las paredes se cubrieron por una inscripción que se desvanecía ante la mirada, como la humedad a orillas de una playa de la cual la ola se acaba de retirar. La inscripción era un conjuro que se escapó a mi comprensión, pero que en el elfo decía (desde el momento en que lo comencé a leer):

“…y fue entonces que se decretó, tras la caída de al-Myj’drannor, que su biblioteca quedaría maldita para siempre. Lo que alguna vez estuvo y alguna vez fue, ya no lo será más, y habrá en otro tiempo y en otro lugar, la torre que en un tiempo ocultó un conocimiento proscrito desde la Altura, para el eterno recuerdo de los pueblos que de sus errores nunca aprenden. Así en este momento, uno de entre los infinitos momentos que comprenden el universo, el lugar que quedó para guardar lo proscrito, se moverá de nuevo. Y que así sea hasta el final de los tiempo…”

Logramos salir de la torre y la torre a nuestras espaldas se desvaneció en un destello azafranado.

Seguimos rumbo al occidente y al fin encontramos un camino, cuando comienza a divisarse por primera vez una cordillera montañosa muy a lo lejos. El camino iba diagonal a las cuatro direcciones, de noroccidente a suroriente. Es una ruta transitada, como se ve del hecho que el pasto no crece (en la estepa, que los hombre de Narfell llaman el Mar de Pasto, sólo bastan dos meses para que una ruta olvidada sea devorada por la maleza). A media jornada de viaje a partir de la altura donde encontramos la ruta se encuentra una posada grande para viajeros. El servicio es de muy mala calidad y los locales hablan un dialecto que no pude identificar.

NOTA: un hombre misterioso, hombre al servicio de los príncipes de Medinat al-Immilmar, se apareció con preguntas sobre al-Nathoud. Aunque lo engañé a tiempo, descubrimos que en Narfell están conscientes de nosotros, de nuestro testimonio de los horribles hechos de al-Nathoud.

En jornada y media a partir de la posada de camino se llega a Mulptan. A media jornada de las entradas de la ciudad se halla una grieta en el suelo, quebrando el camino en dos. Sus cavidades son hondas, frías, llenas de misterios y de brazos que se contorsionan en el abismo, en huecos borrosos.

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Mulptan es un poblado numeroso, el primero que he encontrado tras meses de viaje. Las fortificaciones que lo rodean están en pobres condiciones. No sobreviviría un asalto medianamente apertrechado. El templo central es a un ídolo que llaman Helm, y la ciudad casi entera es de madera. Es vulnerable a incendios. La avenida principal cruza la depresión entre dos colinas leves. En la colina del sur se haya el templo de Helm y un edificio que parece ser una cede de gobierno, pero fuera de una magra guardia, es poca administración la que se ve.

NOTA: Atención. Los locales son tramposos. En un establecimiento de comida ordené alas de flamingo y me trajeron alas de pavo.

Las artes de Byörn son útiles. Es hábil con el puñal a corta y larga distancia. Lo vi asestar el arma a un hombre que huía a caballo. Además robó de la torre una gema que al proyectar la luz del sol sobre el rostro de una persona, las convierte en piedra temporalmente. Necesario es estudiar mejor este hallazgo antes de sacar conclusiones.

Parece Byörn sentir atracción impura por la campesina Mitri. Mitri por propia cuenta una muchacha de buen corazón. Cree con fervor en su ídolo, de quien dice ser una suerte de diosa de la compasión. Eso es bueno. Los idólatras que creen en la compasión son los primeros en convertirse a la fe de al-Qadar.

Con algo de suerte encontraremos algún establecimiento donde recomponer nuestro estado de absoluta precariedad higiénica y seguiremos nuestro camino hasta Medinat al-Immilmar.

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thaelmanu

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